sábado, 13 de abril de 2013

Capítulo tres


-Me dijo usted que era poeta, ¿acaso no le ocurre lo mismo a usted al escribir? –me preguntó.
-¿A qué se refiere?
-A que la escritura es, a su manera, un acto de recuperación y demolición simultáneas. Que mientras el escritor pone en marcha un universo, otro autónomo,  se desata con unas reglas propias. Piense en una manada de caballos o mejor, piense en un carro tirado por tres caballos. Imagine que cada uno tira en una dirección contraria. ¿Avanzaría esa carroza? No, ¿verdad? Pues creo, a veces, que las palabras se comportan como esos caballos. Se desbocan. Echan a correr, mientras quien escribe intenta domarlas, para que vayan en ésta o aquella dirección.
-Perdóneme Bernardo, pero no entiendo la escritura como una doma y creo, en el fondo, que usted, en el momento en que escribió, al menos Cubagua, tampoco lo creía, por lo menos no formalmente.  Gozaba usted de un cierto desenfado que no consigo ahora en sus palabras.
-Ida, entienda una cosa: de la ficción no espero nada. No creo que consiga en ella nada más que un montón de sombras. Escribiendo ficción me siento solo y aunque yo mismo soy de los que piensa que la soledad es hospitalaria, la que me produce mi propia escritura se parece demasiado al desamparo, a la intemperie. Y sólo el paso del tiempo me ha llevado a esa conclusión. Yo había decidido  contar la historia de un país que se resiste a conocerse, al que poco le importa de dónde viene.

domingo, 7 de abril de 2013

sábado, 30 de marzo de 2013


Me pareció que su voz sonaba inquieta, a veces. Después noté en ella algo parecido a un cansancio de años, una necesidad de que le dejaran en paz al mismo tiempo que le aseguraran la atención de la que se había creído despojado. Un despecho. Eso era aquel hombre. Un largo y profundo desamor rodeado de sillas de madera labrada y archivos del Cabildo. A juzgar por lo que publicaba, podía llegar a pensarse que le interesaban entonces más las ruinas de la vieja ciudad que las novelas que alguna vez escribió.

sábado, 2 de marzo de 2013

jueves, 31 de enero de 2013

#Crawford

Las novelas, Bernardo, no dan respuestas ni corrigen errores. No son nada parecido a un desagravio.

jueves, 6 de diciembre de 2012

XXVII




¿Qué diré cuando la gente se detenga
para tocar mi rostro?
Miyó Vestrini, 1959

Encontré un cuerpo
uno que me ocupa, poco a poco,
cuando apareces.

No necesito agredirlo
existe por sí solo,
lejos de la intemperie,
a salvo del mordisco.

Todo en él lleva la forma de un vértigo,
la silueta de otra saliva que lo protege
un alfabeto del vuelo
un lugar horizontal que atraviesa los días.

Mi cuerpo ocupa el tiempo de una sábana
el paso rampante de un cenicero
ese lugar de tus ojos que le lleva la contraria al frío
y enciende otros nombres para la piel que ahora me cubre.
                                        
Mi cuerpo tiene el tamaño de tu insomnio 
mi cintura viste la talla que le dan sus manos.

Mi cuerpo existe en un corazón furioso,
que late contra el miedo.

Soy la atleta, la gimnasta
       la mujer que apaga el suelo  y enciende nuevos fuegos a su paso
       la que te mira de este lado del tiempo
       la que escribe
       la que resiste.

Soy el aeropuerto que tiembla bajos los pies del viajero
 el lugar portátil de tu almohada,
el paso insistente de tu lengua.

Soy este cuerpo.
Soy, sí,
la mujer que despertaba a tu lado.